Tras franquear la primera barrera, el virus rara vez desencadena síntomas de inmediato. Comienza entonces el período de incubación, una fase silenciosa que puede durar desde unos pocos días hasta varios años. Este retraso responde a dos motivos físicos: la dosis viral inicial suele ser minúscula y las defensas innatas inmediatas (como el interferón) entablan una batalla de contención inmediata. De hecho, muchas infecciones se resuelven en esta primera trinchera sin que el hospedador llegue a enterarse de que estuvo expuesto.

Cuando el virus no se conforma con una infección local en el punto de entrada, debe desplazarse hacia su órgano diana: el tejido preferido donde se multiplicará en masa, causará la enfermedad y facilitará su salida para contagiar a otros. Para recorrer esa distancia, los virus utilizan diversas rutas internas:

1. El torrente circulatorio (Viremia)
Es la vía de transporte más habitual. Los virus viajan por la sangre de dos formas:

  • Libres en el plasma: Flotando en la corriente sanguínea hacia tejidos distantes.
  • Como polizones: Adheridos a la superficie de células que no infectan, como los glóbulos rojos, utilizándolos como vehículos de transporte pasivo.

2. La red linfática y el efecto «caballo de Troya»
El sistema linfático conecta directamente las mucosas con los centros de mando inmunitarios. Algunos patógenos intestinales, como el poliovirus, penetran a través de las placas de Peyer en la mucosa digestiva para interactuar con los linfocitos locales. Otros virus, como el VIH, perfeccionan una estrategia invasiva: infectan deliberadamente a las células centinela (linfocitos T y macrófagos), convirtiéndolas en vehículos biológicos que trasladan activamente al invasor hacia los ganglios linfáticos, diseminando la infección por todo el sistema inmune.

3. Los cables del sistema nervioso
Ciertos virus «neurotrópicos» eluden la sangre y utilizan las fibras nerviosas periféricas como túneles protegidos para avanzar hacia el sistema nervioso central. El virus de la rabia y el virus del herpes simple (VHS) son ejemplos clásicos de esta invasión retrógrada. En el caso del herpes, este asalto al cerebro suele estar bloqueado por un sistema inmunitario maduro; no obstante, si la infección ocurre en recién nacidos con defensas aún en desarrollo, el avance neuronal descontrolado puede provocar una encefalitis grave.